Conocí a una linda morenita...

Juan Francisco Rangel Tovías

Yo estaré tan lejano que el amor y la pena
que antes vacié en tu vida como un ánfora plena
estarán condenados a morir en mis manos...

Pablo Neruda.

Fue el año pasado aunque no recuerdo con precisión ni el mes ni el día en que ocurrió lo que confío a las palabras. Tal vez se trataba de alguna ceremonia con motivo del aniversario del trabajo, de la empresa en que Silvestre laboraba desde ya hacía varios años. Ese día, luego de escuchar a tres o cuatro conferencistas especializados en temas de relaciones humanas, uno de estos profesionales que intervinieron pidió a los asistentes que se saludaran los compañeros del auditorio participantes que estaba conformado por mucho más de cien personas entre hombres y mujeres de diferente preparación y venido de distintas partes del estado; pidió que se dijeran algo agradable, que se abrazaran y mostraran el afecto que se sentían recíprocamente. Y así fue; en ocasiones interponiéndose las sillas algunos se abrazaron y se dijeron algo como ¡hola! ¡Me da mucho gusto verte o saludarte! ¿Cómo has estado? etc., etc. Silvestre se encontró casi de inmediato con algunos de sus compañeros de trabajo y cumplió con el ritual solicitado por el expositor. Se sintió muy bien al abrazar a sus compañeros de labores. Luego me confesaría que cuando se iba acercando una de sus compañeras de trabajo, sintió una corazonada; ella venía sonriendo y él la buscaba afanosamente; se abrazaron y pronunciaron algunas palabras cada quien de agrado o algo así. Él se sintió como en las nubes, elevado, con su corazón palpitando al máximo porque había estado muy cerca de Ixtlil (rostro moreno).

Tan sólo al pronunciar este nombre, el cuerpo se le estremecía y un montón de raros pensamientos se agolpaban en su cerebro. Le parecía un nombre dulce, tierno y cálido como ella. Pero no sabía definir con precisión aquellos sentimientos que lo agobiaban desde ya hacía mucho tiempo. Pensaba en ella, la recordaba de manera constante y en cualquier lugar; sus ojos le dirigían una mirada tierna como queriéndole decir algo, no sé qué cosa. Tal vez deseaba hablarle de algo tierno, mostrarle algún tipo de sentimiento, decirle que sentía algo por ella aunque no supiera la manera de expresar esos vagos sentimientos hacia I. Nombre extraño, pero lleno de significados para Silvestre; más bien un nombre que escondía mucho de la personalidad de I. Cuando Silvestre hablaba con cualquier persona incluso de cualquier asunto de manera constante e involuntariamente pronunciaba el nombre de ella aunque refiriéndose a otras personas.

Era cálida, tierna, hermosa, persona sumamente agradable, aunque muy seria, callada y concentrada en lo suyo. Silvestre recordó un fragmento del poema de P. Neruda:

"Me gustas cuando callas porque estás como ausente"

A veces sonreía y en algunas ocasiones lloraba y quería consolarla, abrazarla, secar sus lágrimas con sus labios o sus manos, acariciarle el pelo, tomarla del brazo como algunas veces lo hizo para demostrarle que estaba con ella, que deseaba en lo más profundo de su ser que dejara de sufrir, que dejara de expresar su dolor con llanto; deseaba ansiosamente decirle que era una mujer sumamente agradable, valiosa como persona, amable, con muchas cualidades como la disciplina en el trabajo y el encanto de mujer que él encontraba en su dulce mirar. Ese día, en la dinámica solicitada por el conferencistas, Silvestre sintió cercana a su compañera de trabajo; la sonrisa cálida, tierna, dulce, hermosa, bella y con no sé qué más atributos que él le encontraba cuando la veía; la apretó entre sus brazos tiernamente como pretendiendo demostrarle todo el cariño y admiración que sentía por ella. Deseaba tenerla entre sus brazos más tiempo pero se dio cuenta que unos cuantos segundos bastaron para sentir su cuerpo tibio y tierno. Terminaron las actividades y ya tarde se retiraron del salón de convenciones de un hotel de cinco estrellas ubicado en un espacio concurrido de automóviles que iban y venían de forma constante. Distribuidos en varios vehículos salieron con rumbo desconocido, algunos sí sabían hacia dónde dirigirse, algunos otros de manera mecánica abordaron el mueble en que tenían que trasladarse; se notaba el cansancio en el caminar de algunos, otros platicaban acerca de lo que habían escuchado pensando que en cierto modo de algo les serviría un poco para mejorar sus relaciones interpersonales. Hubo quienes pensaban que era puro bla, bla, puro rollo pues la realidad es otra, muy distinta a lo que se pretendía con haber traído a esos expositores de temas humanos. Sin embargo, I no se borraba del pensamiento de Silvestre, recordaba el grato momento que hacía apenas unas horas acababa de vivir al abrazarla sólo por un breve instante que para él se convertía en una eternidad.

...y la quise mucho.

Silvestre fatigado llegó a la ciudad, ya era noche y hacía algo de calor; se sentó en una silla a descansar del viaje y a pensar en muchas cosas relacionadas con su familia, con su quehacer diario en el trabajo, con los innumerables problemas que estaba enfrentando. Cuando venía en el camino se dio cuenta de algo muy personal e íntimo, algo así como un descubrimiento de su propio ser; un profundo sentimiento lo invadió repentinamente. Bueno, eso sentía él porque su mente tan sólo unos momentos antes se había ocupado de muchos asuntos que rondaban en torno de sí y por unos instantes I se había ausentado de sus pensamientos como una mariposa que se aleja después de haber reposado por breves instantes una flor. Sin embargo, una emoción repentina y sin que pudiera explicarla en lo más mínimo recorrió los nervios de su cuerpo trastornándolo por unos segundos: se dio cuenta que extrañaba profundamente ese rostro moreno, aunque acababa de estar con ella hacía sólo unas breves horas que por la espera se había convertido en una eternidad.

Se acordó de cómo estaba vestida y dibujó en la imaginación su hermoso cuerpo y su rostro tierno, con una mirada como de niña; era sin lugar a dudas un rostro ensoñador que le inspiraba un mundo infinito de pensamientos; Silvestre podía pasarse horas y horas contemplando ese rostro moreno y esos ojos tristes de color café. Y se daba cuenta que cuando la miraba observaba algo más profundo que no podía describir.

Eran muchas cosas las que se arremolinaban en su pensamiento. Pensaba que estaba viendo una mujer en la plenitud de la palabra, a una persona muy humana, con facciones alegres y tristes, una mujer tierna y hermosa, una persona atractiva por quien sentía una secreta y profunda admiración desde ya hacía muchos años y que a nadie se atrevía a confesar.

Quería gritarle toda esa mezcla de sentimientos que no lograba esclarecer y que lo perturbaban segundo a segundo; quería decirle que era hermosa, que la admiraba como mujer, que sus deseos más grandes eran que ella fuera feliz, que estuviera bien consigo misma, que nadie la molestara o la humillara, porque ella era hermosa y muy agradable, un ser muy valioso en todos los sentidos. En fin, de todas maneras Silvestre quedaba insatisfecho porque no lograba encontrar tan siquiera una palabra, una sola palabra que abreviara todo aquello que sentía por ella.

Por las tardes iba enamorado, cariñoso a verla...

Me quedé cavilando cuando Silvestre me contó todo esto: ¿Tenía temor de aceptar que se estaba enamorando de ella? ¿Se le dificultaba decir que lo que sentía por esa persona era simplemente amor, después de tantos años de convivir juntos en el trabajo?

Me dijo que, en efecto, sí abrigaba una serie de pensamientos de inseguridad, de poca autoestima, porque la terca realidad de las cosas que estaba experimentando era mucho más poderosa que esa frágil imaginación que de manera constante echaba a volar pensando en Ixtlil.

Me relató, lleno de desconsuelo y con cierta resignación que estaba consciente que era imposible que una relación entre I y él pudiera realizarse. Jamás podré tocar con mis manos los suaves y hermosos pétalos de ese encanto de flor que sólo puedo alimentar con mis suspiros y con la luz de mis ojos que contemplan su dulce fragancia. Sueños míos que se estremecen con el hondo temblor cuando la veo; si pudiera acariciar sólo su mano y levemente deslizar mis temblorosos dedos en su mejilla, sería feliz.

Duerme Silvestre y sueña con ella que también eso es vivir; imagínala con su rostro hermoso sobre tu pecho, escuchando el latido de tu corazón que parece llamarla y decirle ¡gracias! por que ahora estás aquí y mi mano se esconde en tu frondoso pelo negro y luego acaricia dichoso su suave piel adornada de misterios. Pobre de Silvestre, me decía eso embelesado como estaba con el recuerdo de I. Lo escuché muy atento porque en sus ojos veía el ansia inmensa que estaba sintiendo por hablar con alguien de eso que le estaba atormentando y que solamente podía curar cuando suspiraba contemplándola cerca o al recordarla en su diario desempeño.

Era ya tarde, pero sus compañeros no llegaban y él seguía pensando en ella incansablemente; no se le quitaba ni un solo instante de sus pensamientos. Empezó a sentir una inmensa tristeza, porque I no llegaba, se sentía sólo, desamparado, con la impotencia de no poder confiarle a nadie lo que estaba sintiendo desde hacía tiempo. Poco después llegó el primer vehículo y Silvestre precipitándose preguntó que si no habían visto la camioneta donde se trasladaban las demás personas, puesto que era ya muy tarde; uno de los viajantes le contestó que se habían retirado algunos de ellos y que además los otros habían salido mucho tiempo después por lo que ignoraba con exactitud a qué hora retornaría la otra camioneta.

Sintió todavía más tristeza, pero guardó silencio; era un silencio doloroso porque sus pensamientos fueron asaltados por el temor o la angustia de que no llegaba Ixtlil y que pudiera haberle ocurrido algo malo; pero ya no dijo más aunque la inquietud se le notaba a leguas.

Silvestre cambió la conversación con quien estaba dialogando y procuró olvidarse un momento del asunto hablando de otras cosas con quienes habían llegado. Tiempo después arribaron el resto de quienes participaron en las conferencias y buscando una forma discreta para preguntar, Silvestre inquirió si alguno de sus compañeros sabía acerca de lo que pasaba con los demás acompañantes y alguien contestó que a I ya la habían ido a dejar a su casa. En ningún momento preguntó de forma directa por la mujer que extrañaba, pero la respuesta le dejó una mezcla de angustia pero también cierta tranquilidad al saber que I ya estaba bien en su casa. Luego de que el local donde se encontraba solitario sentado en una silla se quedara solo, sin ruido alguno, estalló en llanto. Lloró fuerte como un niño ajeno a todo consuelo, no había nadie más y esto propició que se desahogara sin ninguna inhibición. Eran muchas cosas que en su cabeza se habían agolpado apenas en unos cuantos minutos. Pensaba en las presiones por las que estaba pasando en su familia y en su trabajo; se sentía completamente solo, abandonado y pensando intensamente en I.

Varias veces la invocó cuando lloraba desconsolado, gritaba su nombre y se preguntaba por qué ella no se encontraba en esos momentos por lo menos cerca de él. Se dio cuenta que la extrañaba intensamente y que el llanto derramado nacía pensando en ella, porque los sentimientos que lo invadían la hacían lejana y ausente.

Era imposible olvidar su figura, su rostro tierno y su mirada triste como de niña desamparada. Salió con el desconsuelo echado a sus espaldas, el cansancio lo agobiaba y ni siquiera el cielo estrellado le parecía atractivo, él que siempre disfrutaba y encontraba serenidad mirando sus luminarias palpitando incansables en ese profundo pozo de misterios que es el universo. Sabía muy bien que I nunca estaría enterada de todos esos momentos en su existencia que le atormentaban con cierta placidez, con un encanto que no podía explicarse porque siempre que veía a I renacían los sueños y se imaginaba amándola y pendiente de cualquier necesidad que ella tuviera.

Al contemplar sus ojos...

Silvestre me platicaba que no entendía bien qué era lo que le atraía de Ixtlil, rostro moreno. Ansiaba conocer los motivos que lo empujaban a contemplarla discretamente, pues aprovechaba cualquier ocasión para dirigir su mirada a ella; cuando se presentaba algún pretexto para estar más tiempo con el objeto de sus emociones, ya fuera para tatar un asunto del trabajo o por cualquier otra razón, aprovechaba cada instante para fijar su mirada sobre esa persona con mucha ternura. La veía detenidamente, clavaba su mirada en los ojos de I, pero al mismo tiempo y sin mover la vista hacia otro lado la veía toda, completa; observaba cada uno de sus rasgos, su boca, su nariz, su piel color canela, su hermoso pelo negro donde soñaba de repente colocar sus manos para estrecharla con ternura. Ella –me confesó Silvestre con un inmenso dolor que se le notaba a primera vista- de pronto bajaba su rostro obligándolo a que también en ocasiones dirigiera su rostro hacia otro lado, pero no porque se cansara de ver a I, sino porque sentía pena mirarla con esos sentimientos que nacían en Silvestre pero también porque la realidad y ese frío pensamiento que nos dice que existen cosas que no pueden ser, lo hacían derrumbarse pensando que nunca podría existir algún mínimo atisbo de afecto, una caricia o una palabra tan siquiera de aliento que mantuvieran encendida esa esperanza que abrigamos los mortales por algo o por alguien.

Era imposible soñar más allá de lo que estaba sucediendo justo en esos instantes en que I estaba presente como una bella diosa prehispánica hecha a imagen y semejanza de una hermosa mujer azteca que relumbraba en todo su esplendor en el transparente valle azul del Anáhuac. Silvestre se preguntaba con frecuencia qué era lo que le resultaba atractivo de I, pero no podía por más esfuerzos y empeño que nacían de ese fuego que desde hacía años lo atormentaba silenciosamente. De ella le gustaba todo a la vez, pero había algo en lo profundo que lo atraía hacia ella de manera irremediable. Le gustaba su mirada porque algo en lo profundo de sus ojos brotaba en su hermoso mirar, pero no sabía qué era ese algo que como manantial interminable nacía de lo más hondo de su ser.

Su voz era un canto suave de paz y tranquilidad porque cada palabra de I era sembrada como semilla tierna en Silvestre que la escuchaba, encantado, atento y sin quitar sus ojos que como rocío matinal bañaban el rostro de I de caricias tiernas. El encanto del color de su piel suave como su mirada era un misterio lleno de sorpresas porque Silvestre pasando sus labios imaginaba descubrir en cada poro de su piel morena muchos motivos más para seguir vivo en ese mar de dolor que lo asechaba. Sin embargo eran muchas cosas más que gustaba de I; pero te juro –me decía Silvestre- que no puedo describir el porqué me siento profundamente atraído por ella; son muchas cosas que se juntan a la vez, pero no es nada en particular. ¿Entiendes lo absurdo de mis sentimientos? Le contesté, tratando de calmar un poco su estado emocional que parecía desbordarse, que esas cosas no se pueden razonar, que carecen de orden lógico, que no tienen una explicación científica como se dice en las escuelas. Le pregunté que cómo había empezado todo esto que me estaba confiando y por más que trató de razonar no pudo explicarse a sí mismo dónde y cuándo había iniciado este sentimiento hacia ella.

Silvestre me siguió platicando, mientras que la tarde enfriaba más y más y la noche con su oscuro manto empezaba a desplazar la claridad del día. En una ocasión cuando nos encontrábamos trabajando en otro lugar observé por largo rato que I estaba viviendo una situación personal incómoda y estresante. Tenía problemas con no se qué gentes, que le llenaban la cabeza de rumores infundados. Alguien la humillaba haciendo referencia a su persona, a su color y a no sé qué mas necedades y tonterías. Silvestre sentía un odio profundo por quienes de una u otra manera molestaban a quien amaba, pero a la vez sentía impotencia al no poder hacer algo por ella que la dignificara. Quería gritarle y convencerla de que estaba con ella, que la apoyaba en todo y que su coraje era tan intenso contra esas personas que la hostigaban hasta llegar a sentir que tales monstruos no deberían existir en la faz de la Tierra. En aquella ocasión vi la fatiga en su persona, su rostro denotaba un severo cansancio no obstante que seguía trabajando activamente como siempre lo ha hecho. Sin pensarlo salí de mi oficina y llegué hacia donde ella se encontraba, estaba de pie, vestida con un pantalón y una chamarra de mezclilla color azul y acabando de colocar unas carpetas en un archivero gris; en medio del cuarto-oficina la tomé del brazo izquierdo; ella sin oponer resistencia solamente bajó su vista y observó mi mano sobre su brazo. Algo le dije, no recuerdo bien qué fue lo que estuve hablando con ella por unos instantes; había más personas, pero mi impulso fue tan natural y espontáneo que no me hizo sentir mal cuando de frente y tomándola del brazo le dije que si deseaba retirarse, que la notaba cansada o enferma. Me contestó afirmativamente, pero no supe si se retiró o no. Pronto olvidé este acontecimiento pero nunca se me borró de la mente cuando sentí su calidez al tomarla del brazo. Otra persona se hubiera sorprendido y seguramente se hubiera retirado en el instante mismo, zafándose como si estuviera ocurriendo algo malo, pero en ella no fue así.

Desde entonces empecé a verla de otra manera; la sentía tensa, angustiada, temerosa, como si estuviera esperando algún acontecimiento grave. La sentía incómoda y con su mirada triste, casi siempre callada o tan sólo hablando lo necesario. La constante convivencia con ella, el participar de actividades comunes, el compartir la presión propia de una actividad como la nuestra, el pedirle apoyo y consejos o ideas para emprender alguna tarea o tomar una decisión de importancia; todo esto fue creando más y más confianza entre nosotros, pero todo en torno a nuestra misión y valores. Yo siempre he procurado no mezclar asuntos de trabajo con cuestiones de índole personal, pero las mismas circunstancias nos acercan y en ocasiones nos distancian también. Es algo que uno no puede determinar voluntariamente por más esfuerzos que hagamos por impedir que el fuego se extienda. Repentinamente llega un día, una hora, un instante en que sientes la ausencia de la persona; sin motivo aparente piensas en ella, la observas, te parece atractiva y las extrañas; pasan algunas horas y ya quieres estar junta a ella nuevamente y es un sentimiento que se va acrecentando a pesar de que buscas todas las maneras posibles para distraerte y evitar que esos sentimientos sigan creciendo.

Te cuento esto para que sepas cómo empezó todo; la manera en que me fui involucrando sentimentalmente en un sueño imaginario del que uno quisiera despertar recordando que fue un sueño hermoso, no un sueño de tantos; pero no es posible, el sueño se ha prolongado demasiado que a veces me canso del mucho soñar sin tan siquiera poder que los párpados se cierren. Entonces le dije: mira Silvestre, como te das cuenta, lo que me acabas de confiar no me explica absolutamente nada de cómo iniciaron tus sentimientos para con I. Pero claro, esto es lógico porque como dije hace un momento: uno nunca sabe con precisión razonada por qué quieres Tú a una persona; es inexplicable la manera tan sutil y oculta en que empieza a sembrarse este sentimiento y crece y crece como yerba en un campo desolado y seco. Creo por otra parte – continué comentando- que no es necesario buscar explicaciones inútiles a estas cosas: no es necesario, ¿para qué? simplemente vive tus sentimientos aunque I nunca llegue a enterarse que en tu mundo interior ella vive como una bella imagen a quien nunca podrás tomar con tus manos, pero que jamás nadie podría tampoco borrarla de tus sueños salvo el tiempo que con sus poderosos designios podrá abrigarla en tus recuerdos.

Silvestre guardó silencio, bajó la mirada y se quedó pensando por varios minutos; a veces cavilaba horas enteras poniendo el más grande de sus esfuerzos para desviar su atención concentrada en I, mientras yo seguí haciendo algunas cosas que tenía pendientes. Momentos después –luego de una larga y silenciosa meditación- me dijo: estoy de acuerdo contigo, no tiene caso darle más vueltas a este asunto. Silvestre reinició la computadora en la que estaba bajando algunas actualizaciones, colocó un CD en la bandeja y escuchó con tristeza una vieja melodía en inglés –una melodía que hoy se difunde mucho con motivo de los juegos olímpicos. Con la mirada fija en la pantalla estuvo oyendo la pieza musical, no entendía el extraño idioma, pero los recuerdos gratos brotaban en su memoria como fuente de agua clara. La imaginaba a ella en todo su esplendor: como a una diosa prehispánica. Me retiré del lugar porque me dijo Silvestre que prefería estar sólo, que ya se había desahogado lo que seguía hirviendo muy adentro de sus entrañas.

En esos momentos pensé que las entrañas eran el alma, el corazón o el cerebro de Silvestre.

Reconozco que no entendí o no pude comprender bien lo que me acababa de confesar Silvestre.

...mi pasión crecía

Arrojó su mirada perdida en cualquier punto del espacio que lo rodeaba, volvió a llorar en silencio, se secó las lágrimas; le pregunté que si había llorado y me contestó moviendo levemente la cabeza: no, me calan los ojos, los tengo irritados, he estado mucho tiempo con la mirada fija en la pantalla viendo la imagen de Ixtlil.

¿Tienes una fotografía de ella?

Sí –contestó- pero no veo su fotografía, la veo a ella en su inmensa hermosura, en su radiante calidez, en el color de su piel que me fascina y me estremece, en su silencio que me llena de paz, en las suaves manos que nunca he estrechado, en sus mejillas que mi boca busca con avidez;

Veo su pelo que para mí es un misterio
que quizás nunca logre develar,
siento sus ojos como dos suaves
e intensos luceros que me hablan
diciendo cosas que no comprendo
porque de su mirada
nacen rayos tibios de ternura
que se clavaron en mi alma
y mi alma no sabe decir lo que siente
y enmudece cuando la ven,
sólo mi corazón grita en su constante palpitar pero ella no lo escucha.

Silvestre se quedó en silencio.

Sólo el milenario cantar triste de la paloma gris –mi infancia les llamaba codornices- adornaba el silencio con sus notas cadenciosas;

parece que es la misma ave que arrullaba el sueño de la diosa azteca,
de morenos rasgos (Ixtil) y deliciosos suspiros
que trascienden el tiempo
y vuelan más allá de donde están esos luceros luminosos

Yo los escucho como notas de música suave que me transportan hasta lugares indescriptibles y llenos de misterio.

La paloma gris de hermoso canto emprende el vuelo y Silvestre sigue pensando en la hermosa flor mexica de morenos pétalos, diosa de bellos encantos que nació anunciada por el placer y en medio del dolor.

Buscando en las barras de la página web donde curioseaba, encontró una lista de estaciones de radio y eligió sin pensar una que decía "románticas de siempre". Sólo escuchó el fragmento de una canción, ya quería retirarse a descansar. Antes de apagar el aparato y justo cuando colocó la flecha del mouse en esa lista, un trío entonaba una canción muy conocida donde creyó escuchar este verso que siguió repitiendo sin darse cuenta que estaba transformando la letra original de la canción con el nombre de ella:

"Hay Morena

morenita mía

No te olvidaré..."

(JFRT, marzo y noviembre del 2010)

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  • Cuauhtémoc #201
  • CP 78700
  • Matehuala, San Luis Potosí